Turismo Mapuche

Rasgos de la antigua cosmovisión mapuche aún presente en el territorio de Arauko

TURISMO MAPUCHE

Rasgos de la antigua cosmovisión mapuche aún presente en el territorio de Arauko

El pueblo mapuche es la nación originaria de Arauko y base profunda del amplio mestizaje de la actual sociedad chileno-mestiza. Es, a no dudar una cultura ab origen; es decir, que “viene del origen”, cuyo legado arcaico y aún conservado en este territorio y en la Araucanía, se resume en la experiencia directa del Universo como un gran ser vivo dotado de diversas formas de consciencia o interioridad. “Cada cosa tiene su am, su alma”, es el postulado fundamental de esta cosmovisión.


Lo mineral, lo vegetal, lo humano, lo heroico, el mundo de los dioses, las relaciones de pareja, las crías animales, las estrellas, las palabras, conforman la única trama que teje la palpitante realidad, conforman este gigantesco y activo y vital Ser que es la naturaleza. En ella, y a escala y grados diferentes, todo despide luz, todo alienta, todo vibra y se mueve o se aquieta.

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Algún dato


Texto Prueba
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Algun otro dato


Texto de prueba

Al ser un único organismo, las conexiones entre los mundos y los planos son íntimas, sutiles e inesperadas. Así, por ejemplo, si un varón falla a su palabra, algo se altera en el cielo intermedio, el ankamapu, que hace que una porción de fuerza rebeldes y en desorden (wekufe), modifiquen negativamente el destino del universo. O bien, si una mujer no pensó bien en su marido, esa energía recorre los laberintos más estrechos del subsuelo, del minchemapu, y se traduce en derrota en la guerra, en cansancio del caballo, en fracaso económico de una transacción o negocio o en enfermedad de sus siembras o del cuerpo de su cónyuge. Uno se preguntará, a la luz de lo que hoy día vemos ¿Por qué hoy día este territorio se nos aparece tan degradado en relación a antaño? Las cruentas incursiones bélicas de España en la guerra de Arauco, luego las campañas de los ejércitos chilenos fundando fuertes y ciudades apagando los últimos focos de autonomía, la evangelización de los misioneros, las actitudes de rapiña de muchos colonos, la descripción anecdótica de viajeros y turistas, la educación fiscal y religiosa en las reducciones, el comercio detallista que se instala o itinera por los campos mapuches, los informes de los estudiosos y ahora los reportajes de la televisión y la radio, todos comparten y se igualan en un solo y único aspecto: son acciones, datos, eventos, e informaciones que penetran y descubren la superficie de la Araucanía, la epidermis del fenómeno, no la substancia.
 
Todos son eventos que parten de un cerebro occidental que decodifica la realidad y que ve de acuerdo a sus condicionamientos y sus conceptos sobre la naturaleza. Es decir, un concepto de naturaleza como de un gran complejo mecanismo que se ajusta a engranajes yuxtapuestos que se ajustan y desajustan. Ya no es más la ñuke mapu, la “madre tierra”, sino una cantera de materias primas y una fuente de recursos naturales a explotar. Se volvió un conjunto de piezas intercambiables, un gran campo extenso con recursos potenciales que se pueden sacar y utilizar en base a un diseño o plan ajeno a él mismo. El nicho ecológico se ha degradado con arreglo a un concepto de naturaleza deudor del racionalismo de Descartes, de la física mecánica de Newton y antes de la lógica aristotélica; todos elementos europeos que sumados a la intolerancia y absolutismo del dogma judeocristiano, hicieron de la virginal realidad precolombina como lo fue la Araucanía, una conquista, un usufructo, una mercancía, una parcela de abastecimiento exportador, una rentable bodega con ventajas comparativas. En una palabra, el arcabuz del conquistador, el catecismo del sacerdote, el libro de contabilidad del comerciante, los textos de estudio del profesor, el papel oficio de las escrituras legales de los grandes predios, el discurso del político, la noticia del periodista, terminaron por desencantar la tierra mapuche de Chile y la cultura que subyugaban. Y la desencantaban en el instante de forzarla a entrar en los conceptos mecánico-tecnológico-racionalistas de las mentes occidentales.

Al forzarla, reducían de golpe la maravilla oculta, la sacralidad, el misterio de los órdenes y niveles diversos de la naturaleza, reducían y empobrecían la semántica y el significado de las palabras nativas, cegaban la transparencia elemental del idioma del agua, de las plantas, de los grillos o de los perdices, con los presagios de sus imprevistos vuelos.Desencantaron la vida, sus múltiples posibilidades de manifestación al momento de separar el todo, en el instante en que la nomenclatura del hemisferio izquierdo del cerebro rotuló con etiquetas diversas lo que era “fe”, lo que era “ciencia” lo que era “superstición”, lo que era “legal”, o lo que era “agricultura”, etc. Todo se rebajó a la interpretación entrópica de la terminología dominante. Entonces, la rica y bella polisignificancia de los kümey zungun, de las ”buenas palabras” quedó apenas refugiada en algunos cantos de machi (tayül), en los nütram o “relatos” míticos, en la música ceremonial y en la palabra poética de los actuales cultores del mapudungún, la lengua nativa. Si a todo lo anterior agregamos que en la conciencia mapuche arcaica existe un mito de un antepasado que fue engendrado por el alma del sol –el mareupuantü– y fue capaz de romper la obscuridad para devolverle la luz a la humanidad, se comprenderá luego que el sol, como fuego celeste que es, vendría a robustecer la llama interna de la vida humana; es decir, el espíritu (pellü), que deberá romper victorioso las obscuridades de la enfermedad y las de la muerte.


En verdad, la comunión del Espíritu con el sol comienza desde la gestación en el vientre materno. Las antiguas madres araucanas modelaban a voluntad las características de sus hijos, recurriendo al “esculpido” del sol y al de la creación mental de sus deseos: “Y todos los días se han de ir a bañar antes de salir el sol, y luego se ponen a la puerta de su casa para ver salir el sol, y arrojan una piedra para que la criatura salga tan a prisa como el rayo de sol y caiga tan veloz como la piedra.”. Si la fuerza propia de la Naturaleza bastaba para moldear las células del niño, para moldear y asentar su espíritu, su esencia, debía hacerlo algo superior semejante en dignidad: ‘la mente materna y los fulgurantes rayos del sol en la aurora. Notemos de paso que los mapuches ya desde tiempos inmemoriales sabían de la íntima unidad psiquis materna–psiquis fetal y del diálogo intraútero real, entre madre e hijo, modernísimo “descubrimiento” de la psicología y de la estimulación psicomotriz temprana. El trabajo moldeador del esculpido solar tanto para el núcleo interno como para la preservación de la salud, continuaba en el infante en sus restantes días de puerilidad. Las madres, observaba Guinnard, “cuando hace sol, los tienden sobre un cuero de carnero para que adquieran la fuerza y el vigor que les comunica el astro bienhechor” . Esta práctica, de la pediatría ancestral de Chile, en forma admirable pasó al sector mestizo–campesino de la cordillera de Nahuelbuta (Chakay, Cañete). Allí, las madres, todavía hasta los años sesenta, sacaban sus hijos pequeños a tomar el sol en las mañanas"