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PILPILCO Y CURANILAHUE : DOS VAGONES PARA UN MISMO CARBÓN

Su nombre se origina por ser y haber sido  ésta provincia la única región productora de carbón en el país. La minería en la provincia de Arauco fue durante prácticamente todo el siglo pasado la principal actividad económica de las poblaciones del sur y la que movió a todo el país antes de su diversificación energética. Comprende básicamente las comunas de Arauco, Curanilahue, Lebu y Los Álamos. Se trata de uno de los relatos más importantes del territorio, la historia del carbón desde sus orígenes hasta la actualidad, sus modos de vida, la cultura asociada al carbón, el rastro de las minas sobre el territorio. Mediante la visita de diferentes bocaminas y el museo minero se busca adentrarse en la épica del carbón, pero también en su cotidianidad, en la dura faena y sus frutos, el auge y ocaso de una ciudad en torno al carbón. Un viaje que avanza por los túneles del tiempo hasta el presente de una ciudad minera. Si bien el territorio regional posee el relato del carbón fuertemente ligado a la ciudad y patrimonio de Lota, la experiencia de Curanilahue aborda el tema desde una perspectiva nueva, más asociada a la cultura creativa que desde el capital fijo como son solo los museos, edificios y galerías. En efecto, Curanilahue plantea el desafío de entender la cultura del carbón desde varias aristas, siempre ligadas a la interpretación que sus actores locales hacen de la misma.

 

En la  comuna de Los Álamos está precisamente conformándose el actual Museo minero de Pilpilco. Porque el pueblo de Pilpilco fue no sin razón la tierra prometida del carbón, corazón  de la residencia minera, antaño albergue de los sueños de sus familias, hoy abandonado y fantasma pero con el prestigio de las cosas idas y valiosas, regenerando esta vida desde su Museo, el  que inyecta  memoria y significado al territorio. El sector de Pilpilco, a un costado de Cerro Alto, fue un antiguo asentamiento minero de la comuna, conformado por la Compañía Carbonera Pilpilco en 1944, cuando comenzaron sus trabajos de extracción en el sector de Zapallo Sur. En esos años, era sin duda, el más pionero y moderno de los pueblos del sur de Chile: con agua potable, alcantarillado (en la mayoría de las pequeñas ciudades, el agua se la extraía de un pozo y las servidas se iban al fondo de rústicas  letrinas. Pilpilco además contaba con policlínico, maternidad, cine, estadio, piscina, reten de carabineros y un característico trencito que los niños disfrutaban a su paso y un río a los pies de la población.  Por ello ese río, el  Pilpilco, sigue siendo uno de los atractivos turísticos de la comuna de Los Álamos, convertido en  un balneario municipal,  ubicado apenas a  un sólo  km, de Cerro Alto donde se puede practicar natación y pesca de trucha.

Pilpilco recoge toda la hazaña y gloria del carbón, en una épica marcada por grandes momentos de apogeo en una ciudad que creció a los pies de la montaña, que llego a tener un relato muy marcado dentro de la provincia de Arauco. No obstante ello, su derrumbe fue tan rutilando como su auge, en poco tiempo la ciudad cerró y la gente comenzó a emigrar y finalmente la ciudad misma, con su piscina, tren, casino, poblaciones, escuelas y hospital, desapareció en medio del bosque, igual que al principio. Si bien el territorio regional posee el relato del carbón fuertemente ligado a la ciudad y patrimonio de Lota, la experiencia de Pilpilco aporta una mirada distinta al generar un relato más épico y compacto, con punto de partida y final, como una verdadera novela en vida. Y no olvidemos aquí la famosa frase de Novalis : “La vida no debe ser una novela que se nos impone, sino una novela que inventamos”. Los números elementos intangibles guardados de esta historia (relatos, cantos, historias, himnos, poemas, etc.) y los no menos vestigios materiales derivadas de ella (tren de trocha angosta, piscina, plaza, material minero, entre otros), pero sobre todo su imponderable memoria viva, almacenada en cientos mineros y “pilpilcanos” que han hecho un trabajo de resistencia en la memoria por guardas este legado, hacen de Pilpilco una experiencia patrimonial con todos los elementos para transformarse en un ícono de gestión en turismo patrimonial en la región.  En su inicio Pilpilco fue bautizado como la “tierra prometida del carbón”, y llego a ser una ciudad bullente que nació en plena cordillera y que atrajo en su regazo a muchas familias e historias, mismas  que la vieron crecer y transformarse en un verdadero enclave en medio de Nahuelbuta. Pero con el tiempo el carbón y sus vetas se fueron enterrando, lo mismo que la ciudad de Pilpilco, la que poco a poco llegó a desaparecer, otra vez, en medio de Nahuelbuta. Allí desapareció la ciudad, pero comenzó su leyenda. La invitación es entonces a comenzar la  recapitulación de nuestra  novela : subir al mismo tren que daba los tiempos en la villa, a  recorrer las calles donde nació la historia, a conocer los oficios de aquella época, su comida, sus pasatiempos y a francamente  entrar a Pilpilco, el último pueblo fantasma del carbón.

 

El temor a que la centenaria historia de la actividad carbonífera de Curanilahue quedará en el olvido luego del cierre de los principales yacimientos de la zona, motivó a un grupo de ex mineros y dirigentes sindicales a rescatar su legado y plasmarlo en un museo interactivo y una galería subterránea que recrea con exactitud lo hecho por los trabajadores, la cual fue construida en pleno centro de esta ciudad ubicada al sur de la región del Biobío. Desde el 2013 y en pleno centro de Curanilahue, la última ciudad con un mínimo o resto de actividad carbonífera en Chile, se inauguró otro  pequeño pero muy  interesante museo minero y galería subterránea. Como los creadores se  demoraran cerca de un año en levantar  dicha galería, muchos creían que estaban habilitan una mina real. Según José Paz, a la sazón presidente del sindicato Colico-Trongol y uno de los gestores de este museo interactivo, la idea surgió luego de que Enacar y Carvile cerraran sus minas de carbón en Curanilahue y Lebu en los años 2006 y 2008, respectivamente. Conscientes de que no existía la voluntad de conservar los equipos y la memoria de la actividad carbonífera, idearon el proyecto de levantar un museo interactivo en la sede de su sindicato y aprovechar el subsuelo para construir una galería subterránea que reflejara a escala real todos los espacios de trabajo de un yacimiento. Todo esto es único en Chile ya que allí recrearon de manera fidedigna todas las instancias de un yacimiento. En un recorrido de más de cien metros, se realiza la simulación perfecta de un frente de trabajo en donde la gente puede tocar y hasta manipular  las herramientas usadas en las faenas, además de ver los cortes de donde se extrae el carbón e incluso aprender cómo se refuerza una galería. En una segunda etapa, los gestores de este proyecto se abocaron a habilitar un museo en la sala principal del sindicato, en donde se reunieron fotografías, lámparas, baterías, herramientas y todo lo relacionado con la actividad del minero, para así ofrecer una mirada completa tanto a la historia del carbón como a las faenas realizadas por más de cien años en la zona. Aparte de recordar la actividad minera en franca extinción, tanto en la visita al museo como en el recorrido por la galería de Curanilahue, los visitantes pueden conocer el trabajo hecho bajo tierra -usando ellos mismos casco, lámpara y cinturón- y sentir todo el esfuerzo  de los trabajadores en los yacimientos.

 

 

La experiencia carbonífera a revivir en Curanilahue y Pilpilco (Los Alamos)

 

El territorio, y específicamente sus pequeñas  ciudades a escala humana,  a pesar de la sus díscolas planificaciones urbanas, aún ofrecen el pintoresquismo de “lo minero” que otrora tanto marcara su fisonomía.  A pesar de sus reconversiones productivas, particularmente con la intensiva actividad  forestal que hizo retroceder drásticamente al bosque nativo, sus riveras camineras ofrecen  gran belleza y riqueza en su flora y su fauna,  convirtiéndose así en una excelente opción para la práctica  recreativa, de descanso evocativo y de otros “deportes del espíritu” como podrían volverse la nostalgia, la serenidad y la calma de ver pasar las horas de una dorada tarde de sol araucano. Pero esto sobre la superficie, porque sub-terra, el paisaje es muy otra cosa. Allí, el tesoro de la experiencia pasa por el contexto humano y su historia, hecha de sacrificio, control de las emociones y el encierro, la hombría o “ñeque” de sus forjadores y protagonistas. En su seno  alberga desconocidos hechos de la historia íntima  nacional, plasmados en su gente y en sus anónimas obras, de aquellas que aún permanecen en galerías subterráneas, en los piques mineros, varios de ellos adentrados bajo el lecho del mar. En ellas, por cierto, no encontraremos  huellas de  hallazgos paleontológicos  ni pinturas rupestres, pero si las evidencias de la cultura obrera de los sencillos, los vestigios de una resistencia laboral sobrehumana, la pintura del sudor infinito que hizo hasta  ablandar la negra piedra del carbón.  Porque hubo un tiempo en que toda la vida de un pueblo circulaba en torno a las faenas del carbón. Allí, los hombres bajaban cada día al pique sin saber si regresaban, y sus horas eternas, en medio de la oscuridad, apenas alumbradas con una lámpara en la frente…Pero también era eterno el día para quienes quedaban afuera, tras la mina. La experiencia es de algún modo revivir el recorrido del minero,  recorriendo su  historia y vivir con ese minero el silencio de una galería, caminar bajo la tierra tras el carbón, sentir la soledad de las entrañas de la tierra, escuchar de la boca de los mineros los años de su trabajo, sus sueños y experiencias.

 

Precisamente la obra naturalista capital de la literatura chilena, Sub terra, escrita por un hijo de esta provincia, el conocido Baldomero Lillo (nacido en Lota) émulo de lo que Zolá hacía en Francia, delinean la tragedia de “esas almas muertas” las  que otrora laboraban en este mundo subterráneo. Durante el descenso de la ‘jaula’ hacia el profundo filón del carbón, el contraste acentuado entre una débil luminosidad asediada por la sombra, hundía gradualmente a los mineros en un territorio ganado por la oscuridad hasta rematar en la imagen de un recinto mortuorio,  donde tantas veces se decidieron aciagos destinos. “A cuarenta metros del pique se detuvieron ante una especie de gruta excavada en la roca…del techo agrietado de color de hollín, colgaba un candil de hoja de lata cuyo macilento resplandor daba a la estancia la apariencia de una cripta enlutada y llena de sombras”. Así narraba Lillo, en el  1904 , ponderando  y ambientando el inexorable trágico destino de sucesivas generaciones de mineros, tantas veces acorralados por la muerte.

 

Ingresar al Museo de Curanilahue –tal como lo será también en el de Pilpilco-  y con mayor razón al entrar físicamente  a los largos socavones y piques mineros es, en verdad entrar al mundo de Baldomero Lillo. En su agitada vida, José Nazario Lillo recala en los establecimientos carboníferos del golfo de Arauco. Premunido de conocimientos de sus faenas mineras se radica en la capital de Arauco donde el empresario y político Maximiano Errázuriz había instalado una explotación de carbón. Pero allí, nuevamente es tentado por la aventura del oro en los lavaderos de Montaña Negra, en Nahuelbuta. Al parecer con mejor suerte, Baldomero Lillo asiste al Liceo en Lebu. Luego la familia se traslada al mineral de Lota, propiedad desde los años 50 del poderoso empresario Matías Cousiño. En esa población, marcada por el contraste entre los lóbregos socavones mineros y la deslumbrante belleza de un parque y un palacio, creados por los Cousiño, se desenvuelve su juventud. Lebu, Lota y Coronel le proporcionan la materia de sus primeros cuentos. Desde un modesto empleo en una pulpería de la empresa, lugar de abastecimiento obligatorio para el minero, el futuro escritor observa y registra las condiciones de trabajo y de vida de las masas humanas devoradas por las galerías de carbón que se internan bajo el fondo del mar. En solitarias cacerías por los campos aledaños del Arauco cañetino, observa el otro lado de la medalla, la vida rural, que desarrolla más tarde en Sub Sole.

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