EL VALLE DE ELICURA QUE NUTRE NUESTRA IDENTIDAD MEJOR

PILPILCO Y CURANILAHUE : DOS VAGONES PARA UN MISMO CARBÓN
Marzo 27, 2017
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EL VALLE DE ELICURA QUE NUTRE NUESTRA IDENTIDAD MEJOR

En primer lugar conviene precisar que   el valle de Elicura, que significa piedra transparente (del chezungun  lükg: «transparente», kura: «piedra»), se encuentra en la comuna de Contulmo, parte constitutiva de la provincia de Arauko. Posee dos afluentes, los ríos Calebu y Elicura, ambos desembocan en el lago Lanalhue. En este valle habitan cinco comunidades mapuche-lafkenches, entre las que se cuentan la comunidad Ignacio Melimán (o simplemente “Melimán”), Juan Caniumán y Lorenzo Huaquivil, ubicadas en sectores tales como San Ernesto, Calebu y Villa Elicura . Allí, en el invierno de 1631 las fuerzas españolas al mando del gobernador Francisco Laso de la Vega derrotaron a los caciques Quempuante y Loncomilla, hecho que sucedió –y así fue consignado- en  la batalla de La Albarrada,  durante la Guerra de Arauco. Hoy el Valle de Elicura, tal como en los albores de la conquista y a comienzos de la evangelización española, sigue siendo un refugio para la cultura mapuche. El reconocimiento mayor de su  nombre, no obstante, adviene a la historia occidental chilena a causa de tres jesuitas y cinco longkos que murieron  hace más de 400 años como apasionados mártires de su fe y de sus costumbres. Sólo hace algunos años, en octubre de 1999, recuperando una memoria casi olvidada,  a sólo dos kilómetros del pueblo de Contulmo, se levantó una gran cruz de roble y se instaló una placa que recuerda los nombres de los mártires de Elicura. La pequeña vertiente que corre a sus pies, conocida como “el agüita de los padres”, había guardado por siglos el recuerdo del lugar donde jesuitas y mapuche entregaron sus vidas. Porque éste monumento conmemora no sólo el martirio de los jesuitas Martín de Aranda Valdivia, Horacio  Vecchi y Diego de Montalbán, sino también el de los caciques Utablame, Tereulipe, Coñuemanque, Caniumanque y Calbuñamcu, que murieron junto a ellos el 14 de diciembre de 1612. El conflicto que llevó al martirio a jesuitas y mapuche se relaciona con tres esposas del cacique Ancanamún, que huyeron de él y se refugiaron entre españoles. De hecho, una de las esposas era una mujer española cautiva llamada María Jorquera. Pero el trasfondo del conflicto es mucho más complejo. Sus muertes sólo se entienden en el contexto de la guerra defensiva, uno de los intentos más celebres de la historia de nuestro país y de la Compañía de Jesús por generar condiciones de paz anunciando el Evangelio y luchando por la justicia. Hoy en el valle aún persisten y perviven usos y costumbres ancestrales que ahora se comparten con aquellos que buscan de manera respetuosa y abierta otra mirada de la realidad. Porque allí sigue activo el fuego  del conocimiento (kimun) tradicional del pueblo mapuche, junto al otro fuego, el de la leña de  dentro de la ruka, o bien al pie de la montaña escuchando un relato (epeu) o compartiendo el juego tradicional (palin). En verdad, en todas partes hoy se puede –si de verdad se quiere mirar a través de estas instancias rituales-culturales-  descubrir la cultura mapuche, apareciendo allí con la misma trasparencia que el Valle, transparente como lo indica su nombre, el nombre de “la piedra transparente” (likan) propia del Valle de Elicura.

 

El Valle de Elicura es reconocido como uno de los espacios en que la cultura mapuche se ha refugiado hacia sus costumbres y tradiciones, manteniendo hasta la fecha un rico acervo cultural, cada vez y de manera más integral, la vitalidad de variantes locales y acaso de data más antigua que la tradición procedente de la Araucanía, empieza a ser conocido, valorado y promocionado como uno de los rostros de la provincia de Arauko. En este lugar se encuentras comunidades mapuchelafkenche que –luchando por la creciente aculturación- han podido mantener expresiones vivas de su cultura. Todo ello gracias a   la  conciencia de algunos líderes locales (longkos y kimches), quienes en un proceso aún incipiente pero continuo, han podido ir transmitiendo a su entorno (comunidad, comuna, territorio) el legado ancestral. Y este ha rebrotado, al punto que no se ha mantenido sólo allí, sino que luego también ha empezado a irradiar con su influjo hacia la región y , por cierto al país. Se trata del  mensaje sobre el “ser” mapuche, lo que es la identidad en plena postmodernidad, misma que ha sido valorada y reconocida por buena parte de la sociedad regional y nacional.

La actual oferta de Valle conjuga una serie de servicios de turismo que han sido adaptados a lo que las comunidades pueden ofrecer, como es el caso de rukas (habitación tradicional indígena) de alojamiento, espacios de oralidad tradicional, servicios de alimentación tradicional, entre otros. Además se ha desarrollado un conjunto de actividades ligadas a la cultura; encuentros de palín, trawun culturales, ferias tradicionales, trafkintu, entre otras, que son gestionadas por las propias comunidades locales y se articulan con diferentes empresas y operadores de turismo, tanto de la zona (Contulmo, Cañete) como de la región y el país.

 

 

¿Cuál es la experiencia a descubrir en el Valle de Elicura?

 

 

Podríamos afirmar que la experiencia que promete el Valle es sustancialmente la de respirar y escuchar la paz intercultural, la de la armonía de dos mundos culturales que buscan el diálogo, luego del traumático choque inicial de hace cinco siglos. Hoy se puede hasta dormir en una pichi ruka y solo ser despertado por el canto de las pajaritos o al toque de un kultrun. Pero  desde mucho antes, desde tiempos inmemoriales los mapuche han ocupado, trabajado y vivido en el histórico Valle de Elicura, nombre que significa “piedra transparente” y que alude a lo prístino del paisaje antaño, tal como es posible vivenciar y observar hoy. Como ya señalamos, en los inicios la historia escrita del Valle fue violenta, por los ya conocidos métodos de conquista. Comenzó a escribirla Ancanamún y Utablame, longkos generalísimos de las tierras bajas del Lago Lanalhue, quienes se opusieron al afán de sometimiento español. Porque los batallones españoles, al ver la imposibilidad de penetrar las tierras de la vertiente oeste de la cordillera de Nahuelbuta, recurrieron a los misioneros Jesuitas [Ver blog “Los mártires de Elicura: jesuitas y mapuches], por lo que  desde entonces en este histórico valle se han escrito páginas y mas páginas de su pasado indómito. Pero hoy es muy distinto el panorama, porque no sólo reconocidos longkos como Miguel Leviqueo o comprometidos dirigentes ambientalistas como Manuel Maribur son los portavoces de la nueva historia pacífica que se quiere escribir ilustrando y acogiendo a los turistas, sino que son varios  los activos culturales creativos del territorio que podemos ver asociados al Valle  y que corresponden al patrimonio inmaterial mapuche. Porque la experiencia puede comenzar a la salida sur de Cañete, con la visita no solo de tipo tangible y estático como lo es el  museo, los fuertes y sitios históricos entre otros, sino que puede intensificarse con la escucha profunda del decir y contar de los mencionados longkos y de otros kimches que surgirán adentrándose en la ruta  si se los busca.  Mediante esta experiencia no solo se agrega valor a la oferta tangible de la cultura (comida, rukas, juegos, artesanías) sino además se visibiliza y pone en valor de manera creativa elementos intangibles de la cultura mapuche mediante un acercamiento vivencial hacia el turista. A propósito de lo intangible, la estacionalidad presenta sin duda dos poderosos atractivos : las muestras culturales del verano y la celebración mapuche del ritual del solsticio en invierno. Porque cada año durante la temporada de verano se celebra en este valle la Fiesta costumbrista mapuche del valle de Elicura, el  “Traukintun Paliwe“, donde por años consecutivos reconocidos cultores del ülkantun mapuche, tales  como Beatriz Pichimalen impregnan el paisaje con la vibración de su voz y de los antiguos instrumentos mapuches y potencian la radiación telúrica del lugar. También, a inicios del invierno, durante la noche más larga del año, el 21 de junio, las comunidades mapuche del Valle celebran acaso la fiesta sagrada hoy más solemne de todas, el We tripantu o “Año nuevo” mapuche. Digamos aquí que el We tripantu es una fiesta de agradecimiento por la vida que comienza, brota  y que se renueva. Se dialoga con el sol, y se está contento de que vuelva, que regrese (y con él los humanos)  y todo lo que tenga vida siente ya la promesa que vuelve  a crecer o renacer. Para respetar la bendición de las aguas y efectuar el llamado de la lluvia y la humedad necesaria para la vida, a los participantes se les sugiere estar a pie descalzo, y así tomar contacto con la tierra (mapu) a través de la planta de los pies.  Las comunidades esperan el amanecer de ese primer día del año comiendo fundamentalmente semillas, huevos y los derivados de gramíneas muy nutricias. El We tripantu consiste en la  participación comunitaria con la naturaleza en la renovación y emergencias de nuevas vidas. Es decir, el che (humano) siendo uno de los componentes de la naturaleza hace suyo y participa junto a su familia e invitados en ésta ceremonia de renovación de la vida. Es así que con antelación reúne diversos tipos de alimentos para el misawün o convivencia que llevará a cabo con sus invitados, familias y miembros de la naturaleza

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